Isca  
 
El acontecimiento renovador de Aparecida

Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano se están realizando casi todas las décadas, a partir de 1950. Son muchos días de profunda reflexión sobre la situación social y eclesial del Continente, para intentar ofrecer una respuesta como Iglesia latinoamericana. Allí numerosos obispos de los diversos países se reúnen a dialogar con la compañía y la ayuda de muchos sacerdotes, religiosos/as, laicos/as y también no católicos.

La Conferencia de Río de Janeiro (1955) se concentró brevemente en la pastoral vocacional y en la formación de los sacerdotes. La convocó el Papa Pío XII.

La Conferencia de Medellín (1968) pensó la transformación de América Latina. Fue un efecto latinoamericano del gran Concilio Vaticano II. Aunque trató muchos temas se recuerda por el fuerte impulso que dio a la lucha por la justicia. La convocó y la inauguró el Papa Pablo VI, y fue la primera vez que un Papa vino al Continente americano. Creó un fuerte espíritu latinoamericano y despertó una intensa sensibilidad social.

La Conferencia de Puebla (1979) fue la recepción creativa de Evangelii Nuntiandi y de su propuesta de evangelizar la cultura. Se considera muy logrado su aporte sobre la cultura popular. Puso un fuerte acento en “la comunión y la participación” y revalorizó la religiosidad popular. La convocó el Papa Pablo VI, pero la inauguró Juan Pablo II. Tuvo bastante impacto en la actividad evangelizadora, ayudó a la integración pastoral del Continente y enriqueció la reflexión con sólidos aportes.

La Conferencia de Santo Domingo (1992) recibió la llamada a una nueva evangelización de Juan Pablo II. Reflexionó nuevamente sobre la opción preferencial por los pobres y avanzó en el tema de la inculturación del Evangelio. También se detuvo en la reflexión sobre los 500 años de la evangelización de nuestro Continente. La convocó y la inauguró Juan Pablo II. Tuvo menos impacto que las dos anteriores, aunque estuvo fuertemente centrada en Jesucristo y destacó la necesidad de la promoción humana.

 

1. La nueva Iglesia de los pobres

La tradición de las Conferencias Generales del Episcopado de América Latina se inició con la I Conferencia convocada por Pío XII, que se celebró en Río de Janeiro en 1955. Fruto de aquella Conferencia fue la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), instrumento de la comunión episcopal latinoamericana. Es muy importante el paso de la primera Conferencia (Río de Janeiro) a la segunda (Medellín), porque en el medio está un acontecimiento que fue como un terremoto: el Concilio Vaticano II. Allí participaron 600 obispos latinoamericanos. Ellos, entre 1962 y 1965, descubrieron que había mucho que cambiar en América Latina.

A los obispos latinoamericanos les llamaba la atención que en el Concilio se hablaba de la "Iglesia de los pobres" y de la "gran dignidad de los pobres en la Iglesia". Hasta ese momento no existía en América Latina una "teología de la liberación".

Para remover más el avispero, Juan XXIII dijo por la radio que “frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta tal como es, y quiere ser la Iglesia de todos, pero, particularmente, la Iglesia de los pobres".

Pero lo que terminó de conmocionar a muchos obispos latinoamericanos fue una intervención del cardenal arzobispo de Bolonia (Italia), Giacomo Lercaro, quien reclamó que al Concilio le faltaba "un principio vivificador y unificante" de todos sus temas. Y propuso este eje: "el Misterio de Cristo en los pobres, la eminente dignidad de los pobres en el Reino de Dios y en la Iglesia, y el anuncio del evangelio a los pobres". Dijo lo siguiente: "Esta es la hora de los pobres, de los millones de pobres que están por toda la tierra: esta es la hora del Misterio de la Iglesia madre de los pobres, esta es la hora del Misterio de Cristo en el pobre". Y pidió que el Concilio le diera prioridad a “la evangelización de los pobres"1. Cuando él concluyó, “la asamblea estalló en uno de los más vivos aplausos que ha conocido el Concilio".2

Cuando se clausuró el Concilio, el 7 de diciembre de 1965, el Papa Pablo VI dijo lo siguiente: "Quizás nunca como durante este Concilio se había sentido la Iglesia tan impulsada a acercarse a la humanidad que le rodea, para comprenderla, servirla y evangelizarla en sus mismas rápidas transformaciones… En el rostro de cada ser humano, sobre todo si se ha hecho transparente por sus lágrimas y dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (Mt 25,40)". 3

Después, el 24 de noviembre de 1965, Pablo VI reunió a la directiva y equipos del CELAM, y a todos los obispos latinoamericanos que participaban en el Concilio, y les dijo: "La súplica dolorosa de tantos que viven en condiciones indignas de seres humanos, no pueden dejar de afectarnos, venerables hermanos, y no pueden dejarnos inactivos ". 4

Cuando, en 1968 se celebró la Conferencia de Medellín los obispos estaban decididos a tomarse muy en serio la situación peculiar de América latina. Allí se inició un camino sin retorno. Después, la Conferencia de Puebla reafirmó con fuerza la opción por los pobres (1134-1165), acentuando el respeto por la cultura y la religiosidad de los pobres (395-397; 413; 444-450). El Documento de Santo Domingo, aunque fue acusado de “tibieza”, no deja de hablar de la promoción humana" y de la solidaridad con los "nuevos rostros sufrientes" (178-181). También recoge "los desafíos de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas" (228-262).

Aparecida reafirmó la opción preferencial por los pobres con todas sus exigencias, entendiéndola como dimensión transversal a toda la pastoral, pero poniendo el acento en la necesidad de una cercanía más concreta y real.

 

2. Aparecida

Aparecida es una pequeña ciudad, situada 160 kilómetros al noreste de San Pablo. Una larga rampa permite llegar directamente desde el centro de la ciudad al santuario, que está más abajo. Recorriendo esa pasarela de más de trescientos metros se divisa la ciudad, el río que la rodea, el campo muy verde y los cerros, pero sobre todo se destaca el inmenso santuario. Es hermoso hacer este recorrido al atardecer, cuando comienzan a encenderse las luces de Aparecida y se oye a lo lejos el rumor alegre de los brasileros.

La V Conferencia se desarrolló en el santuario, lo cual brindó a los participantes una especial cercanía con la gente, la mayoría de ellos pobres, y con la piedad popular. Al mismo tiempo, otorgó un ambiente de oración y de recogimiento. El acontecimiento de Aparecida tuvo así unas notas de mucha vida, participación, fraternidad latinoamericana, espiritualidad, esperanza y preocupación por nuestros pueblos. Los que habían participado de la Conferencia de Santo Domingo decían que estábamos a “años luz”, porque en Aparecida había un clima de mucha mayor libertad, apertura, cordialidad y participación de todos. Igualmente dijeron que el documento recogía mucho más las preocupaciones de las Iglesias particulares y los nuevos desafíos, con un tono más positivo y alentador.

El documento final de la V Conferencia tiene una gran importancia. Si bien no es un documento para toda la Iglesia, tiene un valor y un peso muy grande para la Iglesia en América Latina y el Caribe. Es una orientación pastoral que todos los que trabajamos apostólicamente en América Latina y el Caribe estamos llamados a tener en cuenta para iluminar lo que hagamos y para vivir así un espíritu de comunión pastoral latinoamericana.

Más que ver cuáles son los variados temas que trata el documento, lo importante es percibir las grandes líneas que le dan forma. Hay que tener muy en cuenta que no es un libro escrito por una sola persona, que se sienta a pensar bien cada frase que escribe y redacta lo que a él le parece. Este es un documento hecho por más de 260 personas. Por eso no hay que ir a este documento a buscar frases o expresiones que a uno le gusten. Algunos leen una frase que no les agrada, y por eso ya tiran todo el documento a la basura, olvidando que lo que interesa aquí son las grandes propuestas. Mejor es descubrir los grandes acentos que resultaron de un proceso de mucho debate y participación. Este documento es el resultado de muchos días de discusión y de oración comunitaria para ir encontrando grandes coincidencias, algunos consensos fundamentales que nos unan a todos los que queremos evangelizar en América Latina y el Caribe. Por eso, lo que interesan aquí son las grandes líneas, los núcleos de fondo que estructuran el conjunto del documento y que permiten comprender el sentido que se quiere dar a las distintas frases y a los diversos párrafos.

 

3. Grandes ejes de Aparecida 5

La gran clave para entender el documento es el tema general de la V Conferencia: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en él, tengan vida”.

Podemos detectar en esta frase cuatro grandes ejes que marcan a fondo todo el documento: “discípulos – misioneros – ofrecer vida en Cristo – nuestros pueblos”.

 

a) El primer eje (discípulos) quiere destacar la necesidad de encontrarse personalmente con Jesucristo y seguirlo. Eso supone la oración personal, la lectura orante de la Palabra, y sobre todo que él sea el centro de nuestras vidas. Lo que se quiere acentuar es que los cristianos no sólo tienen que saber ideas, hacer cosas o cumplir normas, sino que ante todo están llamados a encontrarse con una persona que los ama y los salva: Jesucristo.

Este documento ha querido remarcar que todos somos discípulos (el Papa, los empresarios, cada ama de casa, etc.) y que siempre somos discípulos: uno siempre tiene que estar aprendiendo, escuchando cautivado a Jesucristo, dejándose iluminar por los demás, dejando que el Maestro le cambie los planes, etc.

Este desarrollo del tema “discípulos” muestra que la V Conferencia quiso detenerse particularmente en los “agentes”, porque se advierte que la nueva evangelización no será posible con cualquier tipo de agentes. Los verdaderos misioneros que cambien el mundo deben ser auténticos discípulos de Jesucristo y necesitan una espiritualidad sólida, un acompañamiento estimulante y una adecuada formación. Este documento otorga mucho más espacio a la espiritualidad y a la formación que los anteriores.

 

b) El segundo eje (misioneros) quiere destacar que todos somos misioneros y que siempre somos misioneros. El Papa, en su discurso inaugural, dijo con toda claridad que “discipulado y misión son como dos caras de una misma medalla”. Esto nos ayuda a entender bien el sentido de la formación. No es que primero tenemos que formarnos para después ser misioneros. Ya desde el primer encuentro con Jesucristo, si es verdadero, nos brota la necesidad de comunicarlo a los demás. La misión es parte inseparable del discipulado. Por eso, el tema de la misión también aparece por todas partes. Se destaca más en la tercera parte, pero está presente ya desde el comienzo.

Es más, en los capítulos dedicados especialmente al discipulado se deja bien claro que el discipulado es para la misión.


La conclusión del documento subraya el deseo de despertar la Iglesia “para un gran impulso misionero” y menciona la necesidad de una Misión Continental para “poner a la Iglesia en estado permanente de misión” (570). En el Mensaje a los Pueblos se dice: “Al terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda”.

 

c) El tercer eje del tema es “para que tengan vida”. El “para qué” es sumamente importante, porque indica la finalidad de todo, tanto del discipulado como de la misión. Esto significa que todo lo que hacemos es para comunicar vida, para que la gente pueda llevar una vida digna, plena y feliz. Para eso hace falta mostrar que la relación con Jesucristo no nos hace menos felices, sino que nos ayuda a desarrollarnos plenamente y a disfrutar más de la existencia. Esto tiene expresiones muy concretas. Así queda claro que la fe católica no pretende hacer sufrir a las personas o limitar su felicidad legítima. La propuesta de Jesús siempre debería dar ganas de vivir, llenar de ilusión y de esperanza.

Pero hay que recordar que el Papa quiso agregarle al tema la expresión “en él”, es decir en Cristo. Se trata de tener una vida digna y feliz “en él”. Estamos llamados a descubrirlo en todas las cosas, y sobre todo a encontrarnos con él viviendo en su amistad. El documento dice que “la vitalidad que Cristo ofrece nos invita a ampliar nuestros horizontes” y que “Jesucristo nos ofrece mucho, incluso mucho más de lo que esperamos. A la samaritana le da más que el agua del pozo, a la multitud hambrienta le ofrece más que el alivio del hambre. Se entrega él mismo como la vida en abundancia”.

Al mismo tiempo, se muestra que nadie es realmente feliz si no se preocupa por la felicidad de los demás, especialmente de los pobres, y que “la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros” en la misión. Hay que tener presente que el discurso de Benedicto XVI al abrir la V Conferencia, dedica toda una sección a este tema de la “vida en Cristo”, donde destaca que esa vida desarrolla todas las dimensiones de nuestra existencia, exige la “promoción de todo el ser humano” y también reclama estructuras justas para que todos puedan vivir bien.

Este tema de la vida que Cristo ofrece ha marcado a fondo todo el documento. Por eso la palabra “vida” aparece más de 600 veces y es la que más se repite. Al mismo tiempo, se quiso que los títulos de las tres partes del documento destacaran la “vida”. Esto le da a todo el documento un tono marcadamente positivo, a la vez que responde al carácter marcadamente vitalista de las culturas latinoamericanas.

 

d) Por último, el cuarto eje del tema es “nuestros pueblos”, es decir, los destinatarios de la misión de la Iglesia. Podría decir “para que las personas tengan vida”, pero dice “para que nuestros pueblos tengan vida. Así se quiere mostrar que la actividad evangelizadora no se dirige sólo a individuos aislados, sino que quiere llegar a transformar a nuestros pueblos como realidades colectivas. La misión tiene que llegar a impregnar con el Evangelio las sociedades y las culturas de nuestros países en toda América Latina y el Caribe. La situación que están viviendo “nuestros pueblos” está presente en el capítulo 2, donde se describe la realidad, pero también en el último capítulo, que toma a nuestros pueblos como conjunto. Allí se reflexiona sobre la “evangelización de la cultura”, para que se desarrolle una cultura cristiana que marque las costumbres, las instituciones, las sociedades en general.

Cuando se habla de “cultura” se quiere decir todo lo que caracteriza a un pueblo: su forma propia de sentir, de cantar, de expresarse, de trabajar, de pensar, de rezar, etc. Por eso, evangelizar la cultura de un pueblo significa lograr que se desarrollen costumbres generalizadas donde se refleje y se transmita el Evangelio, y que se generalicen instituciones más cristianas, un arte más cristiano, una forma de vivir en familia más cristiana, etc. En el capítulo 10 también se habla de la integración entre nuestros pueblos latinoamericanos, para que formemos una Comunidad regional de Naciones.

 

3. Las propuestas pastorales más repetidas

Como ya dijimos, el documento de Aparecida es el resultado de mucho debate y de un trabajo de varios días para lograr consensos entre muchas personas. Los participantes se dividieron en 7 comisiones, que a su vez se subdividieron. Cada comisión reflexionó sobre un tema, discutió y propuso una redacción sobre su tema. En cada una de esas comisiones (y subcomisiones) hubo un ambiente de viva y libre participación. Más allá del reglamento, los obispos favorecieron generosamente una constante intervención de sacerdotes, religiosas, laicos, laicas, e incluso de los no católicos. Por eso este texto, más que el resultado del trabajo de algunos teólogos, es una obra común que está llena de imperfecciones, pero recoge mucha vida. En este caso vemos que, si bien la Iglesia es jerárquica, puede tener un nivel de participación que no existe en muchas instituciones de la sociedad civil.

Después de la primera redacción realizada en cada una de estas comisiones temáticas, hubo una revisión de la Comisión de redacción, que devolvió el texto a cada comisión con modificaciones y propuestas. La comisión respectiva volvía a discutir su tema y entregaba nuevamente su texto mejorado. Luego eso iba a la asamblea general y todos los obispos podían proponer modificaciones (“modos”) a cualquiera de los temas. Finalmente, las propuestas que no se incorporaron se podían presentar de nuevo si tenían la firma de siete presidentes de Conferencias episcopales. Entonces toda la asamblea votaba si aceptaba o no esas propuestas. Sólo después de este largo proceso se aprobó el documento final.


Por eso, podemos pensar que los temas que están más destacados y repetidos son los que realmente interesaban a la gran mayoría y representan el pensamiento de la V Conferencia, no de algunas personas o grupos.

A continuación les voy a mencionar los temas prácticos más destacados y algunos textos que tuvieron mucho consenso. No me detendré nuevamente en los cuatro ejes del gran tema de la Conferencia y en los asuntos que forman parte de esos ejes (por ejemplo: el discipulado con la preocupación por la espiritualidad y la formación, o la dimensión comunitaria del discipulado, o la misión y el fervor misionero, o la vida nueva que Cristo ofrece, o la evangelización de nuestros pueblos y su cultura). Ahora les mencionaré algunas preocupaciones más particulares y propuestas pastorales que están muy repetidas pero que, además, aparecen varias veces de una forma práctica, concreta, aplicada. Cuando uno ve varias veces el interés por darle una aplicación concreta a una preocupación, entonces descubre que es algo que realmente interesa.

¿Cuáles son los temas donde se ve una preocupación sincera y generalizada?:

a) Concretar la animación bíblica de toda la pastoral
Este asunto despertaba un gran interés dentro de la V Conferencia. El documento evita hablar de la “pastoral bíblica” como una tarea más dentro de tantas actividades pastorales, y prefiere hablar de la “animación bíblica de toda la pastoral. Por ejemplo, cuando propone el crecimiento y maduración de la piedad popular, ante todo afirma que se debe procurar “un contacto más directo con la Biblia” (279).

 

b) Llevar a su plenitud la vida del pueblo en la participación de la Eucaristía dominical
El documento hace una valoración sumamente positiva de la piedad popular, pero constata que un porcentaje reducido asiste a la Eucaristía dominical, y remarca la preocupación por acercar a todos los fieles al centro, la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana.

 

c) Renovar todas las estructuras eclesiales para que sean esencialmente misioneras
El acento puesto en la misión llevó a tomar conciencia de que esa misión no será transformadora, fervorosa y permanente si no se modifican las estructuras de las diócesis, parroquias, movimientos y de todas las instituciones católicas para que sean real y efectivamente misioneras, es decir, orientadas concretamente a llegar a los alejados. Por eso no hay que pensar en una “Gran Misión” que durará un tiempo, sino en “poner a la Iglesia en estado permanente de misión”. Es interesante advertir que esta renovación de estructuras implica la creación de estructuras nuevas para acompañar y alentar constantemente la misión permanente, pero también la valentía de destruir todas las estructuras que no sirvan a la misión o alienten un cristianismo cerrado, cómodo, individualista o intimista. Hay que “abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe”. La verdadera conversión “despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida”. Esto implica renunciar a “una pastoral de mera conservación”, o “en espera pasiva en nuestros templos”. Interesa que “la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela de permanente comunión misionera”. Exige también un proyecto pastoral diocesano donde “los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución”.

 

d) Reafirmar la opción preferencial por los pobres y excluidos
Con respecto a la opción por los pobres, lo que agrega esta V Conferencia a lo ya dicho en las anteriores es que muchos tenemos que pasar de las ideas y palabras a una cercanía real, que implica dedicar tiempo a los pobres y llegar a ser sus amigos, para así poder reconocer sus valores y acompañarlos verdaderamente en la defensa de sus derechos. Aquí se acogió la autocrítica de muchos, incluyendo teólogos de la liberación (como Comblin), que reflexionaron acerca del éxodo de pobres que han abandonado la Iglesia Católica. Se ha reconocido que hablamos mucho sobre ellos pero pocos estuvimos realmente cerca de ellos. Los barrios pobres han sido los menos atendidos pastoralmente.


Esta decisión de estar más cercanos exige una opción misionera por ellos, haciéndose más presentes allí donde ellos viven. La V Conferencia retoma el discurso del Papa a los obispos de Brasil, donde convocó a todas las fuerzas vivas a un gran esfuerzo evangelizador, “sin ahorrar esfuerzos”, orientado especialmente “a las casas de las periferias urbanas y del interior”. Indicó que el pueblo pobre “necesita sentir la proximidad de la Iglesia” y que “los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio”. Pero para que lo dicho en la V Conferencia se pueda aplicar, será necesario instrumentar decididamente esta misión en los barrios pobres, dedicándole generosamente personas, tiempo y recursos.


Esta opción por ser amigos de los pobres implica una evangelización integral, que incluye tanto la ayuda a las necesidades inmediatas como la participación por transformar las estructuras injustas.

 

e) Crecer en un estilo de cercanía cordial al pueblo
En esta misma línea, se quiere asumir un nuevo estilo, más evangélico, que se caracterice por la cercanía a la gente, compartiendo su vida. Al mismo tiempo, se propone adaptarse más al lenguaje de la gente, tratando de “comunicar los valores del Evangelio de manera positiva y propositiva”.

 

f) Estimular el compromiso de todos en la vida pública
Cuando se lamentan las sombras actuales de la Iglesia se dice: “Constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad, particularmente cuando asumen responsabilidades en las diversas estructuras del orden temporal”. Sin duda esta es una de las preocupaciones que reaparece, de una forma o de otra, en todo el documento. Cuando se constata que “es una contradicción dolorosa que el continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social”, se percibe que aquí no se logró iluminar y transformar con el Evangelio la realidad social. Retomando el discurso inaugural del Papa, se reconoce que la realidad actual de nuestro continente manifiesta “una notable ausencia en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas”. Al mismo tiempo, se reconoce que “si muchas de las estructuras actuales generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales”. Se insiste que los laicos “tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios”. Pero no se trata sólo de un testimonio de buen comportamiento, sino de un compromiso creativo, para que estén presentes en la vida pública, y más en concreto en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias”. Se reafirma que “su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio”. Para ello habrá que ofrecer espacios de acompañamiento y de formación orientada al compromiso público. Esta necesidad se reafirma en varias partes de documento. También se pide a las parroquias que no se ocupen sólo de sus agentes pastorales sino de formar y acompañar a “los laicos insertos en el mundo”. En dicha formación se destaca la Doctrina Social de la Iglesia.

 

4. Conclusión

Aparecida es un acontecimiento latinoamericano. Los argentinos no nos destacamos por ese espíritu. De hecho, cuando se hizo la consulta antes de Aparecida, el país que menos propuestas envió fue el nuestro, lo que contrastaba con el fuerte espíritu de entusiasmo y participación que se vio en otros países. Yo colaboré en el mes de enero (en Bogotá) en el trabajo de recoger los aportes, y las pocas páginas que llegaron de Argentina me daban vergüenza. Espero que eso pueda revertirse en la recepción del documento, para lo cual será necesario ampliar nuestros horizontes y abrir el corazón, de manera que hagamos nuestro aporte, como Iglesia, al necesario proceso de integración latinoamericana.


El documento no es perfecto, porque no quiso ser el resultado de tres o cuatro manos expertas sino la expresión de la vida y las inquietudes de cientos de personas involucradas. Más allá de los límites de su redacción y de sus contenidos, es una riquísima cantera con muchos aportes valiosos que podremos explotar en nuestra vida y en nuestras tareas. Y sobre todo, aporta un espíritu estimulante, misionero, espiritual y social, que a todos nos viene muy bien en estos tiempos de apatía, desconcierto y privatización existencial.

 

1. G. Lercaro, Intervención en la Congregación General del 6 de noviembre de 1962: Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Ecumenici Vaticani II Vol I, Periodus Prima,Pars IV, 327-330. Traducción española: T. Cabestrero, "En Medellín la semilla del Vaticano II dio el ciento por uno", Revista Latinoamericana de Teología 46, Enero-Abril 1999, 65-67.
2. J. L. Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio IV, Madrid, 1966, 326-327.
3. Pablo VI, Alocución en la clausura del Concilio Vaticano II, en: Concilio Vaticano II, Madrid, BAC, 1966, 490-493.
4. Pablo VI, Exhortación Apostólica al Episcopado de América Latina en Roma, en op. cit., 851-862.
5. Próximamente editorial San Pablo publicará un comentario y guía para lectura del documento, que preparé para favorecer su recepción.

 

 
Aparecida, ¿un nuevo Pentecostés en América latina y el Caribe?
Una primera lectura entre la pertenencia y el horizonte

Artículo publicado en la Revista CRITERIO 2328 (Julio 2007)
pag. 362-371. Autor Pbro. Dr. Carlos María Galli
Perito en la V Conferencia General del Episcopado de América latina y el Caribe,
el decano de la Facultad de Teología de la UCA parte de lo que llama
“testimonio de una novedad” y ensaya una primera lectura de esa experiencia.
El primer lenguaje: el testimonio de una novedad


Quiero dar gracias a Dios por la gracia de haber participado como perito en la Quinta Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe celebrada en el santuario de Nossa Senhora da Imaculada Conceiçâo Aparecida en el Brasil, con el tema Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida.‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14,6).

A fines de marzo -un mes antes de la Conferencia, cuando ya se había difundido una lista en la que no estaba- recibí el nombramiento del Santo Padre como uno de los quince peritos, entre los cuales hubo pocos teólogos. La envió el Cardenal G. B. Ré, Prefecto de la Congregación para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina y, por eso, copresidente de la asamblea. Un perito sirve a la Conferencia “en orden a la elaboración de intervenciones y textos”. 1

El 12 de abril participé en el debate de CRITERIO: ¿Qué futuro tiene la Iglesia en América Latina? Lamentablemente mi intervención no pudo ser publicada, lo que permitiría confrontar lo que decía entonces, lo que dijo Aparecida y lo que ahora digo. Mi aporte previo a la Conferencia se limitó a mis ideas, propuestas y expectativas escritas. Publiqué dos artículos en Medellín, revista del Instituto del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) que se encuentran en la web de mi Facultad 2. En la Argentina se difundió Discípulos misioneros, 3 libro que escribimos con Víctor Fernández. Allí pensamos la misión como un servicio a la vida plena, digna y feliz en Cristo, y miramos a todos los bautizados como sujetos del discipulado misionero. Luego el P. Fernández elaboró con otros el Documento de Síntesis que resumió los aportes al Documento de Participación 4. Recuerdo esos textos porque fueron ensayos complexivos. Sumo el del querido P. Mario de França Miranda SJ, que colaboró en la Síntesis y también fue perito teológico en Aparecida, con quien trabajamos muy bien 5.

En varios ámbitos expuse mi esperanza realista de que Aparecida fuera un nuevo Pentecostés en el que el Espíritu de Dios irrumpiera para animar la comunión misionera respondiendo a los signos de los tiempos. Advertía señales de esperanza a pesar de que predominaba el escepticismo, acrecentado en la Argentina por la apatía ante la Conferencia, vinculado a la hipoteca de la frustada IV Conferencia de Santo Domingo -cuyo documento tiene muchos valores-, e imbuido de diversas lecturas de la situación eclesial. Se creó un clima pesimista y, en medios de algunos países, hubo una campaña en contra que vaticinaba “más de lo mismo” o, incluso, “otro golpe de timón más conservador”.


He leido textos, pocos serios y muchos inconsistentes, que alimentaron esa desconfianza, teniendo cierta base en la realidad pero desatendiendo las razones para esperar. Ese estado de ánimo negativo explica parte del desconcierto y la sorpresa que sienten varios católicos de buena fe ante Aparecida.

Creo que pasó algo similar, mutatis mutandis, a lo sucedido en el Concilio y en Puebla: la novedad que irrumpió superó expectativas y temores. Es difícil sintetizar la novedad percibida en la experiencia de una Conferencia de tres semanas y en su Documento final de 118 páginas, cuyos párrafos no puedo aún citar. Sin embargo, ensayo una primera lectura de esa novedad intentando fusionar pertenencia y horizonte, apropiación y distanciación, palabras que evocan a Gadamer y Ricoeur.

¿Hay un “acontecimiento” de Aparecida?

Las Conferencias de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992) fijaron líneas comunes de un estilo eclesial y de una praxis pastoral a escala subcontinental. Este es un rasgo original de la Iglesia de América Latina, ya que otros continentes recién a fines del siglo XX llegaron a instancias similares con los Sínodos continentales. Nuestras iglesias, por los factores comunes que que tienen a nivel religioso, histórico, cultural, lingüístico, socioeconómico y geopolítico, se anticiparon al regionalismo. Esta Conferencia se sitúa en el mapa que forman bloques regionales y estados continentales en el Norte de América y en regiones de EuroAsia. En ese marco, la integración de América Latina y El Caribe que Aparecida promueve como una línea pastoral, en su Introducción y en su capítulo décimo, es una condición de supervivencia para nuestros pueblos.

En esa tradición colegial la Conferencia impulsa una renovación eclesial mediante el acontecimiento vivido como un nuevo Pentecostés -frase muy repetida- y los textos finales -Mensaje y Documento- que resumen las conclusiones del diálogo y trazan metas para la nueva evangelización regional.

Sólo la Iglesia latinoamericana y caribeña, con el 43% de los fieles del catolicismo actual, puede realizar un encuentro comunional que determine líneas tan misioneras con un altísimo consenso y a mediano plazo. Hice esta observación a muchos, pero recuerdo el consentimiento emocionado del Cardenal Hummes, prefecto de la Congregación para el Clero, y el comentario agradecido de Mons. Blázquez, presidente del Episcopado español. Él me dijo que en Europa era imposible realizar una Conferencia así y que ella era un gran estímulo para sus iglesias, especialmente para las de España.

Aparecida estaba llamada a ser un acontecimiento salvífico y eclesial. El lenguaje teológico dice que se “celebra” un Concilio, un Sínodo, una Conferencia. Aparecida fue un acontecimiento, que el paso del tiempo, la recepción eclesial y su influjo real dirán si llega a ser “histórico”. Ciertamente, el documento se entiende dentro del acontecimiento, en el que se vivió un espíritu, se trató el tema y se lograron conclusiones. El 16 de mayo se votó preparar un Documento; los días 30 y 31 éste fue aprobado en particular y en general por más del 90% de los votos. Yo hubiera preferido que la decisión de hacer un texto se tomara el lunes 21, cuando se votó el Esquema de Trabajo de la Presidencia, después de ordenar los aporte de los grupos y antes de pasar a elaborarlos en comisiones.

A los cuarenta años del Concilio escribí sobre su eclesiología y su cristología en el marco del evento de la renovación conciliar 6. La correlación entre acontecimiento, enseñanza y espíritu es decisiva para interpretar sus textos y los que emanan de cualquier encuentro eclesial, como Medellín, Puebla y Santo Domingo. Esta circularidad es un criterio hermenéutico para interpretar Aparecida. Por otro lado, la Conferencia será un acontecimiento-documento-espíritu significativo si lleva a la Iglesia a responder con una fuerte acción misionera a los nuevos desafíos de nuestro momento histórico, como las otras conferencias quisieron hacerlo en sus propios contextos civiles y pastorales.

Fernández, además de su gran servicio como delegado convertido en el perito dieciséis, escribió un Diario de Aparecida “desde dentro”, que nuestra facultad puso cada día en la web y ahora se publica aquí 7. La riqueza de su testimonio, información, opinión y estilo me exime de narrar hechos. Supongo todo lo que cuenta, pido leer en paralelo su relato y mi ensayo, y lo cito varias veces (cf. Diario).


Un acontecimiento religioso y comunicacional

* Aparecida ha sido un acontecimiento religioso en el que se sintió la comunión entre Dios y su Pueblo. Fue la primera Conferencia realizada en un santuario mariano, en el que se expresó la piedad del pueblo católico brasileño. Los participantes fuimos discípulos de tantos maestros de oración que expresaban su fe en las plegarias de la ternura, el dolor y la esperanza. Los fines de semana peregrinaban cientos de miles de romeiros del Brasil profundo. Nos conmovía estar en el santuario, el más grande de América y modelo de pastoral popular. Sólo la capilla de la reconciliación, en el subsuelo, tiene treinta salas-confesionarios, y a las ocho de la mañana había cinco sacerdotes atendiendo.

Los participantes rezamos mucho juntos; eso modeló la reunión y se refleja en los documentos que insisten en la oración, la Palabra y la Eucaristía. Cada día compartimos nueve horas in situ: seis de trabajo, una informal (dos pausas) y dos de oración entre la Misa y las horas litúrgicas (laudes, nona y vísperas), empleando un libro de oración y canto en varios idiomas (647 págs.). La Eucaristía estuvo muy bien preparada, alimentada por la homilía y sostenida por un magnífico coro. Conmovía cantar el himno Viva a Mâe de Deus o escuchar un canon eucarístico de Taizé. Era televisada por el santuario y se elevaba al satélite para ser proyectada en otros países, como el nuestro. Hubo momentos emotivos como la celebración penitencial en la que pedimos perdón por nuestras infidelidades eclesiales y pastorales, o la Misa final, con los gestos simbólicos de la procesión hacia el altar, la visita a la Virgen y el envío misionero. La Conferencia, que fomenta el primado de la Palabra de Dios en el pueblo católico y la animación bíblica de la pastoral, practicaba la lectio divina en las Vísperas.

El acontecimiento religioso habló con los lenguajes populares de los sentimientos, gestos, símbolos, palabras y silencios. Esa basílica es una enorme casa de oración que une el bullicio de un santuario y el silencio de un monasterio. Es impresionante el silencio de multitudes orantes que expresan lo que el Documento llama “espiritualidad o mística popular”, profundizando lo que el Papa dijo sobre “el precioso tesoro” de la piedad popular (DI 1). Su visita no tuvo las dimensiones de los encuentros de Juan Pablo II pero ayudó a hacer visible, en el mundo mediático, la imagen plástica y móvil del Pueblo de Dios peregrino al santuario. El trabajo oculto y la celebración pública de la Conferencia, que conjugó peregrinación, comunión y misión, acentuaron lo que dice un párrafo clave del Documento: en la Iglesia peregrina la comunión es para la misión y la misión es para la comunión.

* Pienso que Aparecida es un acontecimiento comunicacional innovador con respecto a sínodos, conferencias y asambleas. La Oficina de Prensa, conducida por Mons. Lozano, dió un gran servicio a mil doscientos periodistas acreditados, muchos especializados. Hubo ruedas de prensa diarias –participé en una con innumerables preguntas difíciles- y se daba el boletín CELAM.INFO. Todos los informes, homilías e intervenciones -salvo las redacciones provisionales de los textos- se publicaban en la web del CELAM, lo que permitió a leer esos aportes y sentirse parte del evento a la distancia.

El Cardenal chileno F. J. Errázuriz, presidente del CELAM y de la Conferencia, estableció nuevas reglas para la relación entre el “adentro” y el “afuera”, entre los que participamos en la asamblea y los que estaban en la ciudad -o más lejos- asesorando a obispos y elaborando textos, entre los cuales había miembros del grupo Amerindia. Esto significó para ellos un reconocimiento, permitió una comunicación fluida y evitó la sensación de un evento paralelo. También abrió la participación a mucha gente y se dió una señal de transparencia en plena cultura del celular, el mail y la Internet.

Los participantes no debíamos trasmitir textos en gestación pero algunos los filtraban y así llegaban a otros en el mismo momento en el que los conocíamos. Entonces noté esta paradoja: hubo cierta comunicación ampliada en la forma pero parcializada en el contenido. Situaciones que sucedían en la asamblea eran recibidas afuera por comentarios y versiones mezcladas de verdades y falsedades. Es doloroso constatar que aquí, donde la prensa informó poco, se dieron y se dan por ciertas noticias escritas desde el afuera -trasmitidas por mails, foros y páginas- que contenían algunas informaciones veraces y muchísimas simplificaciones, equívocos, malentendidos, suspicacias, anécdotas y chismes mediados por “teléfonos descompuestos” entre confidentes, divulgadores y receptores. Es paradigmática la versión de “supuestas” introducciones o sustracciones de párrafos en la tercera redacción.

También hubo “inventos”. Uno fue decir que distinguir capítulos sobre la familia (nueve) y la cultura (diez), que antes eran parte del siete y el ocho, se debió a dos figuras romanas. La verdad es que la subdivisión de la tercera parte en tres capítulos fue propuesta por un perito y su conversión en cuatro fue obra de otro, a altas horas de la noche, cuando sólo trabajaban miembros de la comisión redactora ampliada y los presuntos lobbistas dormían en sus hoteles. Se podría hacer un libro con las indicaciones, presiones y versiones orales y escritas sufridas por redactores y peritos de parte de grupos opuestos. Yo no lo escribiré. Noto, porque estudié las lecturas de Puebla y Santo Domingo, que un Documento suscita un razonable “conflicto de hermenéuticas”, porque cada texto abre un mundo y hay tantas lecturas como lectores. Pero un elemental rigor intelectual pide que quien esboza la historia de la redacción de temas o secciones se informe seriamente y no difunda macanazos sin sustento.


El logos y el dia-logos: los “documentos” de Aparecida

La Conferencia buscó la forma de comunicar la fe católica en tiempos de nueva evangelización. En la Introducción al Documento los obispos expresan, con Benedicto XVI, que el patrimonio más valioso de la cultura de nuestros pueblos es la fe en Dios Amor, que reveló su rostro en Jesucristo. Reconociendo luces y sombras en la vida eclesial, inician una nueva etapa pastoral marcada por un fuerte ardor apostólico para proponer el Evangelio como camino a la verdadera vida en Dios. En diálogo amoroso con todos los hombres y en comunión creyente con todos los cristianos, asumen “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios” (DI 3). Quieren renovar las comunidades eclesiales y estructuras pastorales para evangelizar a las nuevas generaciones. Buscan cultivar la vida teologal para renovar la existencia de las personas y las culturas de los pueblos. Con ese objetivo brindan sus conclusiones en el Mensaje a los pueblos y en el Documento final.

* Los textos del Papa.
Junto con el Documento es probable que se editen la Homilía en la Misa y el Discurso Inaugural (DI), 8 piezas de un gran valor teológico y pastoral, más allá de frases discutidas. Me llama la atención que, prescindiendo de ellos, se difunda una hermenéutica de Aparecida en la que coinciden las llamadas “derecha e izquierda” eclesiásticas. Esa interpretación subordina la Conferencia al viaje del Papa, cuando él dijo, desde que pisó tierra brasileña hasta que evaluó su visita en la Catequesis del 23 de mayo, que fue a ese fascinante país para inaugurar la asamblea. Ya en octubre de 2005 él propuso hacer la Conferencia en el santuario y no en otra ciudad. Pero, tanto unos sectores “más papistas que el Papa”, como otros “hipercríticos” del Pontífice, subordinan la Conferencia a dichos de su visita, en especial a puntos y acentos del discurso a la Conferencia Nacional de los Obispos del Brasil. Pero, ¿qué importancia les otorgan a la peregrinación al santuario y a los textos inaugurales? En el Discurso -editado en la versión digital de CRITERIO- el Papa integró sus ideas-fuerza (vg. la vida plena en Cristo, Dios con rostro humano, la primacía del amor, la racionalidad de la fe, la acción por la justicia, los consensos morales), con nuestras realidades (vg. el mestizaje cultural, la piedad popular, la evangelización liberadora, la opción por los pobres, el debilitamiento de la fe, las estructuras injustas), desarrolló el tema general en forma creativa, y abrió cauces para el trabajo posterior.

* El Mensaje a los pueblos.
Dije que la Conferencia habló con los lenguajes universales de la oración y la imagen. Como palabra escrita se expresó en su Mensaje a los pueblos de América Latina y El Caribe, que se edita en este mismo número y que merece ser leido íntregro porque es la vía de acceso a Aparecida. Comunica el espíritu de la asamblea y el contenido del Documento en un tono kerigmático y sintético, espiritual y afectivo, profundo y sencillo. Este compendio fue preparado por una Comisión especial, tuvo varias redacciones e incorporó muchos aportes escritos, lo que en el lenguaje técnico se llaman “modos”.

Sus cinco títulos, acompañados por citas evangélicas claves, enmarcan un mensaje proclamado en el estilo de una buena noticia y con el lenguaje cordial y respetuoso querido por la asamblea. Su contenido resume los grandes ejes: Cristo y vida, discipulado y misión, pueblos y Continente, e integra verdades, valores, fines y prioridades transversales: la Palabra bíblica y la Eucaristía dominical, el protagonismo del Espíritu Santo y el servicio al Reino de Dios, el testimonio de los santos y la dignidad de los pobres, la pedagogía espiritual y la doctrina social, la comunión fraterna y la justicia estructural, el respeto a la vida y la cultura de la honestidad, el valor de la familia y la solicitud por los jóvenes, el desarrollo integral y la integración regional, el traslado a las periferias y la formación de dirigentes, la credibilidad del ministerio pastoral y el compromiso laical público, el diálogo ecuménico e interreligioso y la profecía del presente histórico. Cierra su confesión de fe en Dios y su declaración de amor a varones y mujeres con un canto de esperanza. Sus varios “esperamos” concluyen: ¡Que este Continente de la esperanza también sea el Continente del amor, de la vida y de la paz!

* El Documento final.
Los Obispos quisieron hacer un Documento. Sus destinatarios somos agentes pastorales organizados, laicos que se preocupan por la fe y la cultura aunque no participen en la pastoral ordinaria, y personas de otros medios religiosos, intelectuales y dirigentes. Tenemos derecho a esperar de los Obispos una palabra evangélica y significativa. Ellos se atrevieron a pensar y escribir juntos, en la unidad de la fe y la variedad de sus iglesias y sociedades. El ejercicio del pensamiento y la palabra en el diálogo entre 265 personas con voz -145 obispos con voz y voto- durante tres semanas, expresa la fe en Dios Logos y Dia-logos, 9 y el coraje de discernir en común. En su Homilía, a partir de la reunión de Jerusalén (Hch 14,4-21), el Papa dijo que el discernimiento comunitario, método que la Iglesia emplea en sus asambleas, expresa su misterio de comunión y no es un mero procedimiento.

Si pueden cuestionarse criterios fijados para elegir a los miembros -delegados de los episcopados- e invitados -representantes de estamentos eclesiales- e incluso a los peritos, los que estuvimos adentro sabemos que hubo una formidable participación. Ayudaron a eso el ambiente de libertad y confianza creado por la Presidencia y la Secretaría, la secuencia metodológica -69 pasos con aciertos y errores, cuidados y desprolijidades-, el Reglamento y el Manual de convivencia, celebración, comunicación y trabajo, las normas del debate en plenarias, grupos y comisiones, y la amplitud de obispos moderadores y relatores que facilitaron las intervenciones de todos con estilo fraterno y horizontal. A veces el diálogo sereno se volvía una discusión vehemente, y no sólo entre obispos. También laicos, religiosas y presbíteros argumentaban con respeto y firmeza ante cardenales de nuestros países y de Roma. Los tres obispos argentinos que estuvieron en Santo Domingo solían decir: acá hay otro clima.

La Comisión de Redacción estuvo integrada por ocho obispos y presidida por el Cardenal Bergoglio. Él, con una paciente y perseverante tarea de escucha y diálogo, condujo el discernimiento, asumió los aportes de las siete Comisiones (que resumían a las dieciséis Subcomisiones), incorporó a los peritos en diversas tareas e integró a algunos en la Comisión de redacción ampliada, y dirigió un proceso de reelaboración que logró pasar de los primeros borradores a un documento. Éste tomó forma, sobre todo, cuando en la segunda redacción se adoptó la actual estructura tripartita. Los cientos de aportes a la segunda y los miles de modos a la tercera indican que la asamblea fue el sujeto comunitario de la redacción, si bien la Comisión tuvo un rol decisivo en corregir, articular y sintetizar.

El Documento, con sus virtudes y defectos, es otro milagro de Aparecida. En su cuarta redacción, tiene 118 páginas y 573 numerales. Está escrito por muchas manos en pocos días, a partir de lo gestado en las subcomisiones, sin un texto de trabajo previo ni un equipo teológico-pastoral de apoyo, con temas muy elaborados y otros muy esquemáticos, con muchos méritos y varias lagunas, deficiencias y repeticiones. Queda en el silencio de Dios el enorme trabajo de sus principales redactores. No hablo de lo que uno propuso, hizo o escribió en el nivel reservado de los esquemas y textos. Como los de otras conferencias, éste es un Documento del Episcopado latinoamericaño y caribeño.

Creo que los obispos han visto reflejados sus grandes consensos, que ya emergían en los informes de los veintidós episcopados (cf. Diario 15-17/V), y los aportes particulares surgidos en las comisiones. De ahí la casi unanimidad de las aprobaciones del texto en su tercera y cuarta redacción (cf. Diario 30-31/V). Valorando el arduo trabajo de muchos, pienso que esta Conferencia -con su valor, comunión, dinámica, clima y novedad- no hubiera sido así sin el Cardenal Errázuriz, y que este Documento -con su estructura, contenido y estilo- no hubiera salido así sin el Cardenal Bergoglio.


Planteo un criterio hermenéutico para un Documento que desarrolla el tema general abordando muchísimos subtemas con riqueza, coherencia y articulación. Antes aclaro que no es una obra de autor y siento que no se integraron aportes previos de personas y reuniones, incluidos algunos de mis artículos. Pero celebro esta obra que los participantes preparamos en comunión y los obispos votaron con consenso. Recomiendo valorar los núcleos fundantes, las coincidencias principales y las líneas innovadoras -algunas sorprenderán- más que el asunto teórico o práctico que interesa individualmente por disciplina o tarea. Cada uno hallará varias de sus inquietudes, porque se abordan vitales cuestiones contemporáneas y latinoamericanas. Pero, además de buscar el propio centro de interés, propongo un doble ejercicio intelectual más fecundo: entender la lógica de la propuesta teológica-pastoral e interrogarse por su significado para el pensamiento y la vida en la propia vocación y misión.

Doy dos ejemplos personales. A pesar de mis esfuerzos, cuando se tratan los desafíos a la investigación y la enseñanza en las universidades católicas, no logré que se pusiera la frase integración del saber y, cuando se habla del servicio a la reflexión teológica y a la acción evangelizadora que prestan los “centros de teología y pastoral”, no conseguí que se agregara el modo especialmente las facultades de teología. No juzgo a quienes tuvieron la colosal labor de integrar muchos modos en ese capítulo. Más que lamentar la ausencia de esa referencia quiero, como Decano de una Facultad de Teología, dejarme afectar en mi realidad particular por la nueva perspectiva general. Por eso propuse que los miembros del claustro repensemos qué significa hoy y aquí, a nivel teológico, institucional y pedagógico, la formación académica de discípulos y misioneros al servicio de la Vida plena en Cristo.


Estructura y método del Documento final

En mis escritos sugerí que el Documento reordenara el enunciado del tema, que sigue la secuencia: agentes de la misión: discípulos y misioneros de Jesucristo; destinatarios: nuestros pueblos; contenido y fin: para que en Él tengan vida. Se quería poner la mirada en el sujeto discípulo y misionero para resaltar su unión con Cristo, el discipulado como itinerario y el compromiso en la misión. Algunos, compartiendo ese énfasis, no descuidamos a los destinatarios, nuestros pueblos, a los que pertenecemos los evangelizados enviados a evangelizar. El Resucitado envió a sus apóstoles así: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28,18). No dice “enseñen a todos los pueblos” sino “hagan discípulos a todos los pueblos”, porque discípulos era una autodenominación de las comunidades cristianas (Hch 6,1.2.7). Para cumplir esa misión ordena: “bautizándolos… enseñándoles”. El envío consiste en hacer comunidades de discípulos para compartir la vida nueva en el Reino de Dios.

A mi modo de ver el Documento debía analizar la realidad de nuestros pueblos desde la fe en el Amor del Padre; desarrollar dimensiones teológicas, espirituales y pastorales sobre Cristo como Vida del hombre; considerar a la Iglesia como comunidad de discípulos misioneros y trazar nuevos caminos evangelizadores. Así, la atención al sujeto evangelizado-evangelizador, punto de partida del enunciado del tema, se volvería punto de llegada del discurso y punto de partida de la acción.

Esto lo propuse antes del Documento de Síntesis, que asumió creativamente el método ver / mirar - juzgar / iluminar, obrar / actuar (DSint 31-39). En mi segundo artículo justifiqué teóricamente ese método de reflexión, asumido ya por Juan XXIII (MM 236) y practicado por el Magisterio desde la Gaudium et spes a varios documentos de Juan Pablo II (vg. ChL 4-6, PDV 10). Requiere ser practicado integralmente, porque los momentos histórico, teórico y práctico se interrelacionan circularmente. Ya en la asamblea, ante la falta de orden interno del primer Esquema de Trabajo de la Presidencia, repropuse en forma privada y pública mi esquema tripartido con variaciones. Indico sólo mi intervención en una plenaria (cf. Diario 21 de mayo) en la que sugiero este itinerario: mirar nuestro tiempo latinoamericano desde el amor del Padre, asumiendo los grandes desafíos de la realidad secular y eclesial; iluminar la vocación a compartir la vida con Cristo en nuestros pueblos, presentando a la Iglesia como sacramento del Reino en constante renovación; orientar los nuevos caminos que el Espíritu Santo impulsa para vivir un discipulado más misionero en América Latina y el Caribe.
Por varias causas y aportes, la Comisión de Redacción decidió articular la Segunda Redacción con un esquema tripartito, haciendo desplazamientos de secciones y lúcidas innovaciones, y tomando como eje la vida, lo que se refleja en los títulos de las tres partes (cf. Diario 28/V). Desde entonces el esquema se mantuvo hasta la versión actual, incorporando correcciones y desdoblamientos.

El Documento tiene tres grandes partes estructuradas según el método propuesto e incluso agrega una cita del Documento de Síntesis que lo fundamenta 10. Los obispos miran la realidad con ojos iluminados por la fe y un corazón lleno de amor, proclaman con alegría el Evangelio de Jesucristo para iluminar la meta y el camino de la vida, y buscan, mediante un discernimiento comunitario del soplo del Espíritu, las líneas de una acción realmente misionera, que ponga a todo el Pueblo de Dios en un estado permanente de misión. Este esquema tripartito está hilvanado por un hilo conductor en torno a la vida, en especial la Vida en Cristo, y está recorrido transversalmente por las palabras de Jesús, el Buen Pastor: Yo he venido para que las ovejas tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10).


Resumen del contenido y del espíritu del Documento

Aprovecho el Resumen del Documento final (30/V), disponible en la versión digital de esta revista.

* Primera parte: La vida de nuestros pueblos hoy
El capítulo uno, Los discípulos misioneros, comienza por los sujetos, pero no es autorreferencial. Expresa una (teo)lógica del don que canta el amor de Dios revelado en la entrega de Cristo y en la donación del Espíritu. Lo bendice por los dones recibidos, en especial por la gracia de la fe que convierte al ser humano en seguidor de Jesús y particípe de la misión evangelizadora de la Iglesia. Tiene el tono de un himno de alabanza y acción de gracias, como el de Efesios, que es uno de los primeros lenguajes de la cristología neotestamentaria. Es una de las secciones que esboza una cristología.

El segundo, Mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad, hace una lectura pastoral de los grandes cambios que suceden en nuestro continente y en el mundo, y que nos interpelan. Analiza complejos procesos en curso ordenados en los niveles sociocultural, económico, sociopolítico, ecológico -“biodiversidad, ecología, Amazonia y Antártida”- y étnico -“presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos en la Iglesia”, con sus luces y sombras. Discierne grandes desafíos, como la globalización multidimensional, las injusticias escandolosas, los cambios culturales, la consolidación de la democracia, la falta de desarrollo, la corrupción estructural, el pluralismo ético, la trasmisión de la fe, las amenazas a la vida, y otras realidades debatidas en este momento histórico que afectan la vida cotidiana de los pueblos, sin ser exhasutivo. En ese contexto analiza la situación de nuestra Iglesia en esta hora, haciendo un balance de signos positivos y negativos, y expresando una autocrítica. Los lenguajes del don, la bendición, la mirada y el discernimiento de esta parte, referidos a la presencia cristiana en el hoy de América Latina y el Caribe, llevan a ingresar en un núcleo del tema.

* Segunda parte: La Vida de Jesucristo en los discípulos misioneros
Muestra la belleza de la fe en Cristo como fuente de Vida para los hombres y mujeres que se unen a Él y entran en el discipulado misionero. Considera cuatro dimensiones: alegría, vocación, comunión e itinerario de los discípulos. Es la parte con mayor desarrollo bíblico-teológico, espigando temas cristológicos, eclesiológicos, antropológicos, teologales, espirituales, pedagógicos y pastorales.

El capítulo tres dice todo en su título: La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Anuncia a Jesucristo, Evangelio de Dios (Mc 1,1) y presenta como buenas noticias sus repercusiones en la existencia. Habla de la “buena nueva” de la dignidad humana en la vida, la familia, la actividad humana -trabajo, ciencia y tecnología- y el destino universal de los bienes, con expresiones que llamarán la atención. La sección no sigue el iter de Gaudium et spes (persona, comunidad, actividad) y carece de un apartado sobre la “buena nueva” de vivir en comunión y convivir en sociedad, aunque culmina con el tema “El continente de la esperanza y del amor”.

El cuarto, La vocación de los discípulos misioneros a la santidad, contiene un aporte bastante elaborado a nivel bíblico aunque, a mi gusto, podría haberse enriquecido con otros materiales disponibles. Considera el llamado a la santidad recibido en el encuentro y el seguimiento de Jesús, que se lleva a cabo por la animación del Espíritu Santo y Santificador. Pone la santidad en el centro de la vida y de la misión en cuatro tópicos: llamados al seguimiento de Jesucristo, configurados con el Maestro, enviados a anunciar el Evangelio del Reino de vida y animados por el Espíritu Santo.

El quinto, La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia, enseña que la vocación al discipulado del Señor es la con-vocación (ekklesía) a la comunión en su Iglesia. Todo el Pueblo de Dios y todos en el Pueblo de Dios somos sujetos históricos del discipulado y la misión en comunión. En una breve sección eclesiológica señala los espacios de la comunión a partir de las iglesias particulares, porque las diócesis son los ámbitos privilegiados de comunión misionera y pastoral orgánica. En la comunión diversificada de y entre las iglesias locales se ubican otras expresiones eclesiales y pastorales: parroquias, comunidades eclesiales de base y otras pequeñas comunidades, antiguas asociaciones apostólicas y nuevos movimientos eclesiales. En ese marco se contemplan las formas de existencia eclesial o “vocaciones específicas” desde una perspectiva discipular y misionera y empleando varios títulos cristológicos. Los fieles laicos y laicas son vistos como discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo, los consagrados y consagradas de Jesús Testigo del Padre, los diáconos permanentes de Jesús Servidor, y los pastores, tanto los obispos como los presbíteros, de Jesús Sumo Sacerdote y Buen Pastor. También se expresa la solicitud por los “bautizados alejados” de la comunión visible y se impulsa el diálogo ecuménico, el vínculo con el judaísmo y el diálogo interreligioso.

El sexto, El itinerario formativo de los discípulos misioneros, tiene dos secciones. La primera valora la riqueza espiritual de la piedad popular católica y presenta una espiritualidad trinitaria, cristocéntrica, mariana y misionera capaz de animar la vida y la acción. Ante las conferencias anteriores aporta dos novedades: un subcapítulo extenso dedicado a la espiritualidad y la consideración de la religiosidad popular como espiritualidad. La segunda analiza varios procesos formativos, con sus criterios (vg. una formación integral, kerigmática y permanente) y una especial atención a la iniciación cristiana, la catequesis permanente y la formación pastoral. Habla de los lugares de formación: familias, escuelas y parroquias, pequeñas comunidades y nuevos movimientos eclesiales, seminarios y casas de formación religiosa, universidades y centros superiores de educación católica. Otra de sus novedades está en plantear los caminos de formación bíblica, catequística, espiritual y social bajo la perspectiva discipular y misionera, para impulsar en los cristianos de cualquier condición el crecimiento en el seguimiento de Jesús. Debemos intensificar el potencial de todos los bautizados y promover distintos estilos laicales de formación permanente, porque “todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (Rmi 90) y todos los cristianos estamos llamados a ser discípulos y misioneros siempre.

* Tercera parte: La vida de Jesucristo para nuestros pueblos
El otro núcleo duro desarrolla líneas pastorales para el futuro con un marcado dinamismo misionero.
El capítulo siete, La misión de los discípulos misioneros al servicio de la vida plena, es decisivo. Considera la Vida nueva que Cristo nos comunica en el discipulado y nos llama a trasmitir en la misión, porque el discipulado y la misión son como las dos caras de una misma medalla. No hay discipulado sin misión y no hay misión sin discipulado. Para realizar aquello fomenta la conversión misionera de las comunidades eclesiales y organismos pastorales, y renueva el compromiso por la misión ad gentes pensando en la “otra orilla” del Pacífico. Aquí se ubican dos grandes opciones: una presenta la misión como la comunicación de la vida nueva en Cristo a nuestros pueblos, destacando las dimensiones de esa plenitud de vida. La otra recoge la voluntad de varios episcopados, incluyendo el argentino, de promover la conversión de toda la Iglesia en una comunidad más misionera. Desde estos ejes, los siguientes capítulos analizan ámbitos y prioridades de la misión de los discípulos.

El octavo, El Reino de Dios y la promoción de la dignidad humana, confirma y actualiza la opción preferencial por los pobres -y excluidos, agrega- que se remonta a Medellín, a partir del hecho de que en Cristo Dios se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. Estas palabras paulinas (2 Co 8,9), repetidas por Benedicto XVI (DI 3), indican un acento típico de la Conferencia: reafirmar el fundamento cristológico de la opción preferencial por los pobres. La fe afirma que “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”(SD 178), porque “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 40).

Luego fomenta una renovada pastoral social, reconoce nuevos rostros de los pobres (desempleados, migrantes, abandonados, enfermos, adictos, presos, parafraseando a Mt 25,31-46), y promueve la justicia y la solidaridad internacional. En Aparecida la Doctrina social de la Iglesia recobra vigor como fundamento de la convivencia social, a quince años de Santo Domingo y a dieciséis de Centesimus annus, si bien en 2005 se publicó el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia y en Deus caritas est Benedicto XVI se refirió a cuestiones de doctrina y pastoral social (DCE 19-31).

El noveno, Familia, personas y vida, promueve la cultura del amor en el matrimonio y la familia, y la cultura de la vida y de su defensa en la Iglesia y la sociedad. Desea acompañar pastoralmente a las personas en sus diversas condiciones de niños, jóvenes y adultos mayores, y de mujeres y varones, y fomenta el cuidado del medio ambiente como casa común. Se podrían comentar cada situación elegida. Hay una gran preocupación por los jóvenes que forman la mayoría de la sociedad latinoamericana pobre y son los más vulnerables a los cambios culturales, como la crisis de sentido y de esperanza, y a los tragedias sociales, como la falta de educación y de trabajo. Sólo en San Pablo hay un millón de niños, adolescentes y jóvenes que no estudian ni trabajan, expuestos a la droga y la violencia.

Es significativo que Aparecida, al mismo tiempo que dedica una sección a “la dignidad y partipación de las mujeres”, no sólo a nivel familiar, sino también a nivel social y eclesial, dedica otra a “la responsabilidad del varón y padre de familia”, fomentando el respeto a la dignidad de la mujer frente al atávico machismo, y la responsabilidad familiar frante a la cultura del padre ausente. Ambas secciones pueden sorprender y ayudan a vivir nuestras relaciones de reciprocidad y colaboración mutua.

El décimo, Nuestros pueblos y la cultura, continúa y actualiza las opciones por la evangelización de la cultura de Puebla y la evangelización inculturada de Santo Domingo. No tiene un sólido desarrollo de los fundamentos pero trata con lucidez pastoral los desafiós de la educación y la comunicación, los nuevos aréopagos y los centros de decisión, las grandes ciudades, la presencia de los cristianos en la vida pública, en especial el compromiso político de los laicos por una ciudadanía plena en la sociedad democrática, la integración de los indígenas y afrodescendientes, y una acción evangelizadora que señale caminos de reconciliación y solidaridad en cada país, y de unidad y fraternidad entre nuestros pueblos, para que formen una comunidad de naciones en América Latina y El Caribe.

El Documento tiene un tono evangélico y pastoral, un lenguaje positivo y propositivo, un espíritu interpelante y alentador, un entusiasmo misionero y esperanzado, una búsqueda creativa y realista. En su primer capítulo recuerda que la Iglesia existe para evangelizar (EN 14) y en su Conclusión quiere renovar en sus miembros la dulce y confortadora alegría de evangelizar (EN 80). Echando las redes mar adentro, proclama con audacia a Jesucristo para que nuestros pueblos tengan Vida en plenitud. Con palabras de los discípulos de Emaús y del Discurso inaugural, el Documento concluye con una oración al Señor: Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba (Lc 24,29).


¿Un nuevo milagro en Aparecida? ¿Reaparición de la Iglesia latinoamericana y caribeña?

En 1717, humildes pescadores estuvieron días sin pescar en el río Paraíba. Amenzados por el hambre y el poder, lanzaron sus redes día y noche sin éxito. De repente, en la red de uno apareció la pequeña imagen de una Virgen negra y luego se produjo una abundante pesca milagrosa. La fe del pueblo percibió un signo de la providencia de Dios y de la protección de Nuestra Señora Aparecida.

El paso del tiempo y los frutos de la Conferencia permitirán decir si vivimos un nuevo Pentecostés. Pentecostés es la manifestación del Espíritu de comunión a la Iglesia y de la misión de la Iglesia a los pueblos - lenguas (cf. Hch 2,1-11). ¿Se dió en Aparecida una novedosa manifestación del Espíritu? ¿Es la aparición de una nueva figura de la Iglesia latinoamericana y caribeña en la Catholica? ¿Será el inicio mariano de otra pesca milagrosa para una evangelización más misionera del Continente, que extraiga del Evangelio luces nuevas para iluminar los nuevos problemas? Hay tiempo para responder estas preguntas en otro artículo. Cierro esta lectura con cinco reflexiones para el postAparecida.

* Siempre sostuve que convenía realizar la V Conferencia por tres grupos de razones: 1) expresar la comunión eclesial en el nivel subcontinental para afianzar la identidad cristiana en América Latina y El Caribe, y manifestar el rostro de la Iglesia católica latinoamericana y caribeña; 2) promover una nueva evangelización de la cultura en el inicio del tercer milenio impulsando, mediatamente, líneas pastorales comunes e, inmediatamente, una misión continental de todos y a todos; 3) animar, mediante la comunión, el testimonio y el servicio de nuestras iglesias, el ideal de una comunidad regional de naciones que haga efectiva la integración latinoamericana como una unidad plural.

El tiempo mostrará si el primero y el tercero de esos objetivos se convertirán en realidades. Con respecto al segundo, los Obispos aprobaron líneas pastorales y decidieron hacer una misión continental a partir de los episcopados y las diócesis. Tal revitalización misionera no es una contraofensiva frente al éxodo hacia otros cultos y espiritualidades, ni una reconquista de la región para la tradición católica ante el auge de “sectas” (palabra casi ausente). Tal vez algunos interpreten la Conferencia así, pero los textos no avalan ningún proyecto de neocristiandad latinoamericana. Hay signos de una actitud distinta, como notaron observadores no católicos. Aparecida habla de atracción por el testimonio del amor de Cristo y rechaza todo proselitismo. Confiesa que la Iglesia Católica bautiza a muchos hijos a los que no visita, ni acompaña, ni catequiza, y se siente abandonada por ellos cuando los ha abandonado primero. Quiere acercarse a sus bautizados, en especial a los alejados en las periferias humanas y urbanas, para que redescubran en su casa el Agua que colme su sed y el Fuego que les dé calor. A nivel ecuménico propone “nuevas formas de discipulado y misión en comunión”.

* La Iglesia ha estado presente en todo el tiempo y el espacio del continente latinoamericano. En 1863, la primera institución en el mundo que llevó ese nombre fue el Colegio Pío Latino-Americano de Roma. La comunión eclesial debería ayudar a construir una comunidad de naciones cultivando la cultura de la integración y el intercambio. La fuerza profética, educativa y simbólica de la Iglesia pueden contribuir a formar el nuevo imaginario integrador para tener un proyecto posible de vida en común. En la Argentina de la crisis nos preguntamos: ¿Queremos ser una nación? Ante los bicentenarios patrios conviene interrogarse: ¿Qué nación queremos ser? Con Aparecida cabe hacerse estas preguntas en profundidad y sin retórica: ¿Queremos ser una región? ¿Qué región queremos ser?

* Aparecida potencia la opción preferencial por los pobres y ahonda su fundamento cristológico. Para Juan Pablo II la parábola del juicio final es “una página de cristología” que “ilumina el misterio de Cristo” (NMI 49). Benedicto XVI, comentándola, expresó: “Jesús se identifica con los pobres... en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (DCE 15). En Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo débil, el rico se hizo pobre. La Iglesia confiesa, con Guamán Poma de Ayala, indio peruano de la primera generación cristiana de América, que donde está el pobre está Jesucristo 11. Hay que pensar el amor a los pobres como “un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral” (NMI 49).

* Dios es Amor (1 Jn 4,8) y lo más grande es el amor (1 Cor 13,13). Nuestro patrimonio más precioso es la fe en el Dios Amor. El Amor de Dios es la base para construir “el Continente del Amor” (DI 4). Dios-Amor es Trinidad. El 21 de mayo propuse dos versiones para hacer una formulación cristocéntrico-trinitaria del tema. No tuve éxito pero veo necesario pensar nuestro cristocentrismo trinitario. La señal de la cruz invoca con la palabra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo mientras confiesa con el gesto a Cristo que nos salva en la cruz pascual. La Conferencia profesó su fe trinitaria en credos, oraciones y textos. El Documento cita a Puebla: “la evangelización es un llamado a la participación en la comunión trinitaria” (DP 218). Para el postAparecida recuerdo esos enunciados: “el amor del Padre nos convoca a ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos tengan Vida plena, digna y feliz en su Espíritu”; y “somos discípulos y misioneros de Jesucristo que comunicamos el Amor del Padre para que nuestros pueblos tengan vida en el Espíritu Santo”.

* En Aparecida reaparecen los lenguajes del don, la belleza, la bendición, la esperanza y la alegría. La oración del Papa dice: enciende en nuestros corazones el amor del Padre que está en el cielo y la alegría de ser cristianos. La pastoral misionera debe mostrar la belleza de la comunión con la Trinidad y la alegría de la vida teologal. Compartir el Evangelio como un feliz sí de Dios al hombre para que tenga vida y ver “cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo” 12.

Con los miembros del Pueblo de Dios peregrino por América Latina y El Caribe, los discípulos misioneros encontramos la ternura, belleza y alegría del amor de Dios en el rostro de la Madre de Dios. Desde la colina del Tepeyac el rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe lleva a su pueblo en la pupila de sus ojos y lo cobija en el hueco de su manto. Desde el río Paraíba el rostro negro de Nuestra Señora Aparecida nos invita a echar las redes para acercar a todos a Jesús, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), porque Él quiere que todos “tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).


1. QUINTA CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO DE AMÉRICA LATINA Y DEL CARIBE, “Reglamento” art. 2, punto 4.2, en Manual del Participante, CELAM, Aparecida, 2007, 14.
2. C. GALLI, “Comunicar el Evangelio del amor de Dios de Dios a nuestros pueblos de América Latina y El Caribe para que tengan vida en Cristo”, Medellín 125 (2006) 121-177; “Discípulos misioneros para la comunión de vida en el amor de Cristo promoviendo la integración de los pueblos de América Latina y El Caribe”, Medellín 129 (2007) 113-163.
3. Cf. V. FERNÁNDEZ - C. GALLI, Discípulos misioneros, Agape, Buenos Aires, 2006, 126 págs.
4. Cf. CELAM, Síntesis de los aportes recibidos para la Quinta Conferencia, CELAM, Bogotá, 2007 (DSint).
5. Cf. M. DE FRANÇA MIRANDA, Aparecida. A hora da América Latina, Paulinas, Sâo Paulo, 2006, 71 págs.
6. Cf. C. GALLI, “Claves de la eclesiología conciliar y posconciliar desde la bipolaridad Lumen gentium - Gaudium et spes. Síntesis panorámica y mediación especulativa”, en SOCIEDAD ARGENTINA DE TEOLOGÍA (ed.), A cuarenta años del Concilio Vaticano II: recepción y actualidad, San Benito, Buenos Aires, 2006, 49-107; “Cristo, por su Espíritu, en su Iglesia y en el hombre. Centralidad de Cristo y nexos entre sus diversas presencias según el Concilio Vaticano II”, en V. FERNÁNDEZ - C. GALLI (dirs.), Presencia de Jesús. Caminos para el encuentro, San Pablo, Buenos Aires, 2007, 9-63.
7. Cf. V. FERNÁNDEZ, “Diario de Aparecida. I”, CRITERIO 2327 (2007) 299-306. El resto se publica en este número.
8. Los textos se pueden ver en el Suplemento AICA-DOC 659 del Boletín AICA 2633 del 6/6/2007 y, en formato virtual, en la web del CELAM. El Discurso del Papa y el Resumen del Documento final se pueden leer en nuestra página www.revistacriterio.com
9. Tomo la idea y la frase de J. RATZINGER en Introducción al cristianismo, Salamanca, Sígueme, 1969, 151.
10. “Este documento continúa la práctica del método ‘ver, juzgar y actuar’, utilizado en anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el Continente ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente. Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con simpatía crítica; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la pertinencia de este método” (DSint 34-35, en el capítulo uno).
11. Cf. G. GUTIÉRREZ, “Donde está el pobre, está Jesucristo”, Páginas 197 (2006) 6-22. Cf. su reciente estudio “Benedicto XVI y la opción por el pobre”, en la web: Portal de Noticias de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 6/6/2007.
12. BENEDICTO XVI, “Ser testigos de Jesús resucitado. Discurso en la IV Asamblea eclesial nacional italiana en Verona”, 19/10/2006, L’Osservatore romano (edición semanal en lengua española), 27/10/2006, 9.

 
 
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