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El contexto pastoral hoy
Tesis: Por un lado, podemos constatar que estamos al final de la civilización parroquial, inadaptada al cuadro cultural y religioso de la modernidad. Por otro lado, se perfila una nueva sociabilidad eclesial alrededor de tres figuras: el practicante, el peregrino y el converso.
1. La situación en Bélgica
Una encuesta reciente sobre los valores de los Belgas en el año 2000 permite extraer algunas enseñanzas (L. Voyé y K. Dobbelaere, “Acerca de la religión: ambivalencias y distanciamientos”, en “Bélgica siempre”, Bruselas, 2000, páginas 143-173).
En lo que se refiere al conjunto de los belgas, 40 % declaran no pertenecer a la Iglesia.
Entre los menores de 29 años, 55 % declaran no tener ningún vínculo con la Iglesia.
En el mismo grupo de edad, la práctica semanal es de 4 % contra 11 % para el conjunto de los belgas.
Ç“La disociación que se opera entre los jóvenes y la Iglesia no puede más que jugar a favor de una acentuación de la ruptura. La figura de esta institución nos remite a una población de gente de edad avanzada, tanto a nivel de sus líderes como en lo que se refiere a su frecuentación”
Y sin embargo, el Catolicismo sigue estando muy presente, en Bélgica, pero a título de cultura nacional común.
Que uno sea creyente o no, aún fuera de todo vínculo con la Iglesia, “no excluye recurrir a los ritos, acontecimientos católicos (nacimiento, casamiento, funerales). Lo que sucede es que éstos son despojados a gusto de su especificidad religiosa para verse incluidos en una cultura nacional común, o también por ser considerados como uno de los tantos “servicios públicos” a los cuales cada ciudadano tiene tanto más derecho cuanto que el funcionamiento de la Iglesia está ampliamente financiado por fondos públicos. Sufrir un rechazo de parte de un sacerdote sería incomprensible.
Lo que sucede es que esos ritos católicos aparecen en cierta manera como los únicos creíbles y legítimos: constituyen un “recurso” público disponible, cuya utilización no presupone ninguna condición particular. Su especificidad confesional está neutralizada. En este sentido, el hecho de recurrir a ellos no expresa automáticamente una adhesión eclesial; se puede deber simplemente al deseo de dar un carácter “extraordinario”, incluso sagrado a los acontecimientos que esos ritos acompañan; puede también inscribirse en una tradición familiar o testimoniar aún la ausencia de alternativa efectivamente reconocida como tal.
No se trata más de considerar el pedido de ritos y de la catequesis que los acompañan como la manifestación de una preocupación religiosa, y aún menos como una expresión de fe, aunque sea remota. Nos encontramos, lo más frecuentemente, dentro del orden de una utilización cultural y simbólica. Tratemos de comprender por qué y cómo hemos llegado allí.
2. La transformación del paisaje pastoral
D. Hervieu-Léger (“El peregrino y el converso”, Paris, 1999) asegura que estamos al final de un mundo de observancia, de práctica. Ciertamente, existen aún personas que van a misa todos los domingos, pero asistimos al término de la civilización parroquial que sirvió de modelo para la organización de la Iglesia desde el Concilio de Trento.
Esta civilización parroquial descansa sobre un triángulo: |
la ocupación total del espacio: por doquier hay campanarios. |
la plena administración del tiempo: la vida de los fieles se organiza alrededor de los ritmos litúrgicos; |
la autoridad está totalmente en las manos del sacerdote, cura de la parroquia. |
Acerca de estos tres elementos del triángulo, el cambio es radical. Este modelo de organización de la vida religiosa es reemplazado progresivamente por fórmulas asociativas y comunitarias. Aún las parroquias se convierten, de hecho, en asociaciones de laicos y de sacerdotes.
Esta nueva manera de vivir la pertenencia religiosa tiene como consecuencia que el universo católico se reorganice alrededor de la idea del voluntariado. En otros tiempos, éste correspondía a un compromiso personal más allá de la obligación. Existía pues una división entre los militantes y los practicantes. Esta frontera ha desaparecido. Practicar se convierte en una elección voluntaria y aquellos que asisten regularmente a misa hablan de su práctica como de un compromiso personal en armonía con la manera de regir sus vidas.
Este practicante moderno tiene otra forma de vivir sus convicciones religiosas. La novedad esta en lo que se refiere a la relación con la Tradición. Esta última no es más concebida en su totalidad sino más bien como una fuente de signos y símbolos. Cada uno bebe a su manera para combinar su propio universo de significados y hacer su propia síntesis, a riesgo de extraer (pedir prestado) elementos a otras tradiciones religiosas. De este modo los católicos tienen la tendencia a hacer un poco de todo libremente, y con toda buena conciencia, su religión personal.
Asimismo, están más atentos a la experiencia religiosa y a la autenticidad de un recorrido espiritual que preocupados de estar en conformidad con una doctrina.
Asistimos también al desajuste entre creencia y práctica. Algunos católicos están muy profundamente convencidos del valor de la doctrina sin por ello asistir regularmente a misa.
Por último, esta manera de vivir su religión se cristaliza en pequeños grupos de intercambio intensivos donde el acento está puesto en el compartir las experiencias. La inversión afectiva y la búsqueda de expresiones sensibles de la fe ocupan un lugar importante
Se verifica también una progresiva desregulación del campo religioso, ya que los aparatos y las instituciones controlan cada vez menos lo que la gente vive.
Existe por otra parte dos formas de atribuirse la culpa por parte de los responsables de la Iglesia: unos se reprochan haber sacrificado demasiado en pro del espíritu moderno al punto de perder su identidad católica; otros, por el contrario, se lamentan no haber ido lo suficientemente lejos como para comprender la sociedad moderna, sus aspiraciones y sus valores.
Ahora bien, la cuestión no es saber si la Iglesia ha ido o no lo suficientemente lejos: es necesario comprender que una institución que dice lo que se debe creer y que indica las reglas de la observancia carece de validez a los ojos de la conciencia moderna. Porque la modernidad consiste en primer lugar en la afirmación de la autonomía del sujeto. Ahora bien, en nuestras sociedades, esta autonomía se vive como la independencia del individuo, en particular en la vida privada, lugar por excelencia donde se juega el compromiso religioso. Del mismo modo todo discurso que proclame la existencia de una norma exterior, encargada de regular la vida personal, es fundamentalmente cuestionado.
Hoy, las creencias así como las prácticas se han individualizado: cada uno construye su sistema de creencia en función de aspiraciones y de experiencias personales y no ya más en función de un código de sentido heredado, de un patrimonio transmitido. Muchos padres rechazan el principio mismo de esta transmisión religiosa para preservar la libertad de elección.
En cuanto a las prácticas, ellas manifiestan trayectorias singulares y de historias personales. Durante mucho tiempo, la institución era la que establecía el vínculo entre el individuo y el linaje (descendencia) creyente, sin el cual no se puede más hablar de religión. Hoy, es el individuo el que elige su propio linaje (descendencia) Las identidades sociales, culturales y religiosas no se transmiten dentro de un linaje (descendencia) de creyentes.
Tres figuras permiten comprender la situación actual y el nuevo tipo de sociabilidad que se perfila. Se pueden adivinar las consecuencias prácticas (implicancias) sobre la manera de vivir y de organizar la comunidad cristiana.
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| El practicante |
Esta figura supone un modelo estable que no es ya más el nuestro. Es la religión de la vida ordinaria, de los gestos repetidos. Se asiste cada domingo a misa en la iglesia cercana; es el prototipo mismo del heredero que se inscribe en el linaje. |
| El peregrino se sitúa en la irregularidad, en lo extraordinario, la distancia, lo excepcional. |
Es la religión de los lugares importantes y de los tiempos fuertes. De la misma manera como las personas circulan, cambian de ciudad y de oficio. El peregrino ilustra una forma de sociabilidad que reemplaza las prácticas religiosas por prácticas intensivas, moldeables y discontinuas cuyo prototipo es la peregrinación. |
| El converso vincula la pertenencia religiosa a una elección personal fuerte. |
Lo que aquí prevalece es el sujeto y su experiencia. |
El modelo parroquial corresponde a una lógica de imitación o de réplica colectiva, de pertenencia, de comunidades estables, territoriales, de prácticas regulares que no puede corresponderse con los modelos de sociabilidad que representan el “peregrino” y el “converso”.
Hoy en día, se cambia tres veces de escuela, uno se muda, estamos en un mundo móvil y que moviliza. Se trabaja en Liege, se vive en Buffet, se juega al football en Huy y se concurre a la misa en Scry. Todo somos de esta manera nómades, de múltiples pertenencias.
El nuevo contexto de la catequesis
Tesis: asistimos a una crisis aguda de la transmisión, consecuencia de la inversión de la relación entre Tradición y Sujeto. Hoy ya no es posible creer como antaño. La catequesis, el acto tradicional por excelencia, debe extraer las consecuencias.
Herederos del espíritu de “mayo 68”, esas categorías sociales poseen una expansión relativa y su peso político se mide, en Bélgica, por el éxito creciente de Ecolo. Sus valores primordiales son la autonomía y la libertad de autoconstruirse, el antiautoritarismo, el presente y la cotidianeidad. Su imagen del mundo tiende a convertirse en dominante.
Veamos más precisamente cuál es el modelo propuesto en materia de educación, dado que no está exento de consecuencias sobre la catequesis de transmisión.
Con respecto al niño, los padres practican una actitud basada sobre la relación, el diálogo, una cierta forma de estar presente, pero sin intervención en el sentido de una orientación precisa. Su concepción de la educación se debe a menudo a una reacción con relación a sus padres a quienes reprochan haber hecho elecciones demasiado precisas para ellos y para su futuro, lo que ellos estiman que va en contra de la libertad.
“El niño es considerado un ser cabal, que desde la más temprana edad, es capaz de hacer una elección y saber lo que quiere. A partir de ello, “educarlo” aparece como un obstáculo para la búsqueda de la autonomía. La intervención de los padres se limitará a dar bases, un máximo de apertura, posibilidades de elección, no dirigir y no tener ideas preconcebidas, reglas preestablecidas, ser comprensivo, cuidar el contacto y responder a la pregunta, pero no adelantarse a los temas. Lo más importante es que, más tarde, se sientan bien, hagan lo que tengan ganas y puedan realizarse.
En este contexto, se comprende la dificultad de pensar la relación con el pasado y con la tradición, pero también, más ampliamente, la relación con la sociedad y con la colectividad. La ruptura con la herencia representa el valor supremo. Con el proceso de individualización, se transforma finalmente toda la relación con la norma: rechazo del control social y necesidad de autonomía, ganas de vivir en el presente, deseo de realización o desarrollo
Todas estas temáticas de la mutación cultural hacen que la catequesis sea difícil de pensar como punto de articulación entre el sujeto y la tradición, autonomía y entrega de si a otro, emancipación individual e incorporación, autorealización y salvación. Se expresa aquí el rechazo de un orden normativo tradicional.
2. La inversión de la relación entre la Tradición y el Sujeto
Existe ruptura en la transmisión ligada al desmoronamiento de la memoria colectiva que ofrecía a cada uno un marco de sentido para su existencia permitiéndole establecer un vínculo entre lo que venía de antes y su propia experiencia presente.
No existe más una “memoria colectiva” comúnmente compartida, sino una memoria fragmentada, dividida, dado que no existe más una unidad de miras suficiente entre los individuos y los grupos que componen la sociedad.; no existe más una tradición comúnmente compartida, por lo tanto se da la imposibilidad de una memoria unificada.
Lo que sucede es que el individuo pertenece a una multitud de esferas especializadas y separadas que poseen cada una su memoria: el lugar y la comunidad de trabajo, de distracción, de domicilio, de práctica religiosa son diferentes y no guardan conexión. Fragmentación, división, parcelación de la memoria “social” que dejan al individuo solo consigo mismo en busca de una identidad que debe construir por sus propios medios.
No existe más una identidad colectiva dada, y como consecuencia resulta una dificultad ubicarse y una obligación construirse cada uno una identidad individual.
La llave de esta crisis es la inversión de la relación “Tradición-Sujeto” que corresponde al paso de una sociedad tradicional a la sociedad moderna. ¿Qué sucede desde el punto de vista religioso?
“En lugar de hacer derivar las obligaciones de los individuos del hecho de haber sido engendrados dentro de una tradición, la religión post tradicional supedita el reconocimiento de la capacidad de engendrar de la tradición a la efectividad del compromiso de los individuos. Ser religioso, en términos de modernidad, no es saberse engendrado sino querer engendrarse.” (D Hervieu-Léger, “La religión a título de indicación” Paris, 1993, página 245).
Para la religión tradicional, la Tradición engendra al Sujeto
La Tradición precede (la verdad viene de antes o de lo alto; en todo caso, del exterior del sujeto: principio heterónomo) al Sujeto, de donde se sigue que ella se impone al individuo quien según ella conforma su experiencia. Debo plegarme a una verdad determinada exterior a mí.
Así pues, la Iglesia dice que rezar es esto o aquello; mi experiencia de la oración para ser auténtica debe conformarse progresivamente según esta Tradición. Es necesario vivir su Tradición, he aquí el trabajo que se espera del adherente.
Dentro de este marco, cada uno desemboca en la misma experiencia religiosa que es “de normas” y normativa: la de la Tradición que tiene autoridad. Se produce la unidad de los creyentes por conformidad, incluso conformismo.
Para la religión post-tradicional, el Sujeto engendra la Tradición
El sujeto está primero, con su verdad individual, construida a partir de él, de su búsqueda, de su experiencia subjetiva (principio de autonomía). Para su experiencia y para su verdad, va a buscar, entre las Tradiciones existentes, una Tradición que se corresponda con ella (reconocimiento del Sujeto del valor de una tal Tradición, pero a partir de sí) o construirla (un poco de todo de las creencias, sincretismo).
El impone su verdad y “se inventa” una Tradición, un linaje a posteriori.
Dentro de este marco cada uno debe comprometerse efectivamente, hacer una experiencia antes de encontrar un linaje. La consecuencia es que se subjetiviza y se pluraliza debido a la infinidad de experiencias. Se trata del gran desafío de la unidad de esas diferencias en el seno de la misma Tradición o de la existencia de Tradiciones diferentes en el seno de la misma Iglesia de donde desaparece todo conformismo.
Observamos pues bien que el problema no es el de la devaluación cultural de la herencia simbólica de las religiones. Al contrario, ella reviste hoy, en un mundo incierto, un singular poder de atracción. Lo que está en tela de juicio, es el desplazamiento del lugar de la verdad del credo: desde la institución hacia el sujeto creyente: cómo es posible que una Iglesia pueda producir una “memoria viva” que se enfrente a creyentes que reclaman para sí primero la verdad subjetiva de su propia trayectoria creyente.
Un poco de todo en cuanto a creencias, subjetivar los contenidos de las creencias, disyunción de las creencias y de las prácticas; rechazo de la noción de “obligación religiosa”, desplazamientos del significado de las prácticas con respecto a la norma institucional (el bautismo o la 1º comunión solicitados no corresponden a la oferta que hace la Iglesia) son los síntomas de esta desintegración de toda autoridad y verdad institucionales.
¿Cuál es, en adelante, el lugar de la verdad del credo? No es más la institución, la Tradición autorizada, sino la experiencia propia del sujeto. Las consecuencias sobre el acto catequístico son considerables: éste no puede ser más transmisión de herencia, ni valoración unilateral de la experiencia subjetiva, sino que debe vincular creencia y práctica, conjugar pertenencia e identidad.
3. El converso: figura ejemplar del creyente hoy
D Hervieu-Léger analiza ese modelo y su impacto sobre la vida de las comunidades en “El peregrino y el converso”, Paris, 1999, páginas 147-155.
“En el contexto actual de fragilidad de identidad, dónde los pedidos de conversión de los sin religión se despliegan a contrapelo de la pesada tendencia a la disminución del número de los bautismos y de las inscripciones de los niños al catecismo, la figura del converso permite construir una representación renovada de una Iglesia abierta a los pedidos de sentido de los individuos modernos, ofreciéndose ella misma como comunidad catecúmena ampliada no solamente al número modesto de aquellos que solicitan ser contados entre el número de sus fieles, sino sobre todo a sus residentes “naturales” que no asumen su pertenencia religiosa formal como una identidad personalmente elegida.
Desde el punto de vista sociológico, la apuesta catecúmena cristaliza una mutación de la sociabilidad religiosa. La adhesión de los voluntarios, personal y conscientemente comprometidos, tiende a tomar ventaja sobre la integración “natural” de las generaciones sucesivas en el seno de la Iglesia”.
El converso se convierte en “un creyente ejemplar”: aquel que ha elegido su fe y responde a ella personalmente delante de la comunidad. El converso se transforma en la referencia de una pastoral de iniciación que se dirige potencialmente al conjunto de los antiguos cristianos”
Estamos de este modo en concordancia con la cultura moderna que exalta al individuo y la adhesión elegida a una Tradición. Esto se corresponde también con la condición a partir de ahora minoritaria de los creyentes en la sociedad contemporánea.
“De este modo el converso está simbólicamente situado como aquel que encarna los significados compartidos de una comunidad cuya agrupación resulta de la voluntad de los individuos que se reconocen pertenecientes a ella. Atestigua que la Iglesia como comunidad natural ha vivido”.
Hacia una catequesis de iniciación
Tesis: a nivel parroquial, se impone la implementación de una catequesis de iniciación a la fe y a la vida cristiana en la Iglesia. Pero sin olvidar que es preciso inscribir esta perspectiva catequística dentro del marco más vasto de un proyecto pastoral, tanto local como diocesano.
A partir de todo lo que antecede, nos vemos impulsados a realizar una transformación de nuestro mecanismo catequístico sobre cinco ejes identificados por D. Villepelet en “Catequesis y crisis de la transmisión” en “Sobre la propuesta de la fe”, Paris 1999, páginas 77-92.
1. Una catequesis centrada sobre el Cristo y no sobre verdades |
La catequesis no transmite en primer lugar una doctrina sino un mensaje, la Palabra de Dios. Este mensaje, es el Cristo. La gestión catequística invita al encuentro con el Cristo y en consecuencia a descubrir su enseñanza. Se trata de formar discípulos. |
| 2. Una catequesis centrada sobre el catequizado y el acto de fe, lo cual conduce a una catequesis permanente y no de una vez para siempre. |
La catequesis debe ser concebida como un movimiento de maduración en la fe. No un movimiento que va de la fe de la Iglesia hacia la fe del discípulo, sino un movimiento que va de la fe inicial, apenas despertada, hacia una fe adulta y eclesial.
Se insiste pues sobre una concepción dinámica de la vida de fe vivida en la Iglesia. La fe no es una adquisición, ella está siempre en progreso (evolución), en trabajo. La fe de la Iglesia es el intermediario y el vector de esta maduración. |
| 3. Una catequesis que da prioridad a los adultos y no a los niños |
La catequesis está centrada sobre la persona y el desarrollo de su ser cristiano. Se insiste sobre la gestión del catequizado y el desarrollo de su fe como actitud, sobre la dimensión de decisión propia para el acto de fe. Se da decididamente prioridad a la catequesis de los adultos. |
| 4. Una catequesis que se vuelve como hermenéutica de los signos de los tiempos y no más presentación de una doctrina |
La catequesis no puede apuntar más a una fe concebida como adhesión a un contenido de creencias y de valores, una doctrina y una moral construidas de una vez para siempre.
La catequesis se hace atenta a un Dios que se revela, hoy como ayer, dentro de una historia con los hombres dónde los acontecimientos deben ser interpretados, a la luz de la fe, como signos de los tiempos. |
| 5. Una catequesis implementada por una pedagogía inductiva e interactiva que se apoya sobre la experiencia y ya no más por una pedagogía frontal y deductiva. |
Substituye el esquema exposición-memorización-aplicación, por el esquema experiencia-implicancia; explicación-comprensión; apropiación-transferencia.
Dentro de esta orientación pedagógica, la consideración de la experiencia del catequizado es un momento constitutivo del acto catequístico, dado que la catequesis supone asumir todas las realidades de la existencia humana. |
Esta transformación de los ejes de la catequesis nos orienta hacia un proceso de iniciación más que de transmisión.
Además, es necesario hoy diversificar y diferenciar las propuestas a realizarse en materia de catequesis e implementar recorridos personalizados. Dado que uno se hace cristiano, no lo es nunca de una vez para siempre. Hoy, las cosas se han vuelto todavía más complejas tanto más cuanto que se pasa de una situación a otra en cualquier dirección. Una persona puede haber vivido como fiel en un período de su vida, haber tomado distancia en otro - permaneciendo a pesar de ello como simpatizante - y volver a encontrarse en un procedimiento catecúmeno entre los que se denominan re-iniciantes.
Como lo indica el DGC, “la catequesis se presenta como un proceso, un itinerario, una marcha en seguimiento del Cristo para alcanzar la madurez de la fe” (145), reúne a las personas a las cuales se dirige allí donde estén, respetando sus posibilidades y sus necesidades, dado que ella es más una iniciación que una enseñanza o un aprendizaje. El DGC la define por otra parte como “una iniciación cristiana integral a la forma de vida evangélica” (69).
Pero ¿qué significa concretamente practicar una catequesis de iniciación?
Existe por supuesto la situación de los no bautizados que solicitan se admitidos en la Iglesia, ya sea en nuestras regiones de vieja cristiandad o en las jóvenes Iglesias; para ellos, se trata efectivamente de iniciación en el sentido estricto, tal como la ha reformado el Concilio Vaticano II.
Pensamos más bien en aquellos o aquellas, niños, jóvenes o adultos ya bautizados que emprenden el camino de una catequesis. Dentro de este contexto, podemos proponerles una gestión catequística renovada porque está inspirada en la iniciación propiamente dicha. Se trata también de una iniciación a la fe, pero ella no es más vivida solamente como una conversión y una vida nueva, sino también como la apropiación de una memoria y la ratificación de una identidad.
M - L. Gondal, en “Iniciación cristiana”, Paris, 1989, ha inspirado las reflexiones que siguen.
1. La iniciación toma en cuenta lo individual y lo comunitario
- Se da importancia al encaminamiento individual en el que el iniciador camina al paso de aquel que descubre la fe y la Iglesia.
- La iniciación es aprendizaje de un “idioma” (bíblico, litúrgico, simbólico…), el de un pueblo particular con su mentalidad, su cultura, su historia;
- ella permite el descubrimiento concreto de lo que puede ser una pertenencia y una solidaridad, el “nosotros creyentes”, la comunión.
2. La iniciación hace de vínculo entre memoria, tradición e innovación
- ser iniciado, significa recibir una nueva memoria, más amplia, más colectiva que debe lograr integrarse a la memoria personal;
- entrar en una tradición y reconocerse en ella, pero también traerle la originalidad de su experiencia; la acogida de nuevos cristianos renueva la comunidad misma.
3. La iniciación es, como el término lo indica, un comienzo
- ello supone un pedido que debe ser formulado y recibido, honrado. ¿Dónde y cómo se expresan actualmente la solicitud de entrada a la catequesis y su recepción por la comunidad?
- ello implica un comienzo reconocible, localizable, del itinerario que constituye el tiempo de la catequesis.
- si ella es el comienzo de un recorrido, la iniciación conduce también a un término, un cierre que exprime socialmente y espiritualmente el final. Final “abierto” porque no se ha terminado nunca de entrar en la existencia cristiana.
4. La iniciación es un recorrido graduado, marcado por umbrales o etapas
- etapas ¿Cómo marcamos las etapas del camino que conduce a la 1º comunión, a la profesión de fe? Esto supone pensar en el conjunto del recorrido.
- etapas celebradas por un rito litúrgico en comunidad donde el lenguaje simbólico juega su rol. Después de esta celebración, llega el tiempo de la mistagógica, de volver sobre la experiencia vivida y profundizarla.
5. La iniciación se efectúa en un grupo específico: la comunidad catecúmena
- una “delegación” representativa de la comunidad local rodea y acompaña al catecúmeno. Dentro de esta perspectiva, se podría encarar la creación de lugares en los que se experimenta la vida en la Iglesia: lugares de iniciación. Cuando un adulto pide el bautismo, no se lo admite directamente en la comunidad eclesial; es necesario que primero se lo inicie. Se reúnen algunos cristianos que constituyen su grupo de acompañamiento y, con ellos, el transita hasta que esté listo a unirse a la vida de la comunidad cristiana local. ¿Por qué debería ser de otro modo tratándose de niños?
- el rol del “padrino” debe ser revalorizado ya que es capital en esta perspectiva de la iniciación.
En resumen
El modelo de la iniciación puede servir de referencia a toda catequesis llamando la atención sobre:
- la articulación de los diferentes elementos de la identidad cristiana. |
- La importancia de las etapas, de los pasos tanto espirituales como comunitarios. |
- La parte indispensable de la individualización. |
| - El valor irremplazable de las celebraciones. |
| - La construcción de un verdadero recorrido. |
Conclusiones
“Siendo la misión ad gentes el paradigma de toda la acción misionera de la Iglesia, el catecumenado bautismal, que está ligado a ella, es el modelo sobre el cual se inspira su acción catequística”
(Directorio, Nº 90)
Las características esenciales del catecumenado que deben inspirar la catequesis son su función de iniciación, la responsabilidad de toda la comunidad cristiana en esta iniciación, su carácter pascual, su dimensión de inculturación.
Concebida en base al modelo del catecumenado bautismal, la catequesis se convierte en un proceso de formación y una verdadera escuela de la fe caracterizada por “la intensidad y la integridad de la formación; su carácter gradual, con etapas bien definidas; su vínculo con ritos, símbolos y signos, especialmente bíblicos y litúrgicos; su referencia constante a la comunidad cristiana” (Directorio, Nº 91)
Podemos pues concluir que una catequesis de inspiración catecúmena debe abarcar cuatro dimensiones:
1. un espíritu misionero, que se marca por la voluntad de tomar a su cargo a los destinatarios según su grado de adelanto en la fe y de integración a la vida de la Iglesia. De este modo la catequesis es como la prolongación de la evangelización y llevará consigo siempre un momento propio de anuncio y de despertar de la fe.
2. un aprendizaje personalizado, dado que “para ser verdaderamente misionera, la catequesis debe estar atenta a la singularidad de las personas, a su historia, su evolución particular. Una catequesis tal pide pues ser pensada y organizada de manera suficientemente personalizada y progresiva para tener en cuenta el nivel de cada destinatario” (La confirmación, Acta, Liege, 1991, nº 84);
3. una integración a la vida cristiana en Iglesia: es el objetivo, e implica que la catequesis favorezca la incorporación en la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Será un lugar privilegiado de experiencia de construcción de la Iglesia;
4. una obra de y en beneficio de la comunidad cristiana misma, dado que el agente esencial de la catequesis es la comunidad. Enraizada en la vida y la práctica de una comunidad concreta, la catequesis beneficia a la comunidad misma y le brinda la ocasión de renovar su fe.
Marcel Villers
Extracto de la revista Lumen Vitae, marzo 2001, nº 1, páginas 75-96
Traducción de Cristina Kopytynsnki |